Vendí mi reloj para comprar un despertador

Desde siempre he tenido un interés genuino por la gente, por aprender de sus historias. 

La mía es sencilla: nací en Madrid (aunque me considero chico del Puerto de Santa María), soy el segundo de cinco hermanos. Crecí con todo lo necesario para tener una vida lograda pero, a los 18 años, suspendí el acceso a la Universidad. 

En ese momento me pareció un enorme fracaso pero, en realidad, fue mi gran suerte, porque me llevó a estudiar una carrera distinta que sacó todo mi potencial como comunicador y me dio acceso al mundo laboral. Quise aprovechar al máximo la oportunidad —ya asomaba mi espíritu emprendedor— y durante años viví muy deprisa, atento a lo inmediato, a lo que yo creía que se esperaba de mí. Hasta que ese ritmo empezó a pasarme factura y a avisarme los domingos por la tarde de que algo no encajaba.

De repente, el malestar del domingo apareció otros días de la semana, en lugares diferentes y con una intensidad que yo ya no podía controlar. No tuve más remedio que parar en seco y pedir ayuda. Siempre he dicho que tocar fondo fue un gran regalo de la vida porque me permitió encontrarme con quien realmente soy. 

Descubrí que vivir bajo un personaje es mucho más costoso que ser auténtico. Descubrí que el orden me lleva al orden, que lo que tiene un sentido profundo para uno mismo solo puede construirse en el largo plazo, que no merece la pena correr si no has pensado bien antes a dónde vas… 

Vendí mi reloj y me compré un despertador, empecé a medir el tiempo de forma que si pregunto a alguien ¿qué tal estás?, pueda esperar sin prisa la respuesta. Descubrí incluso a mi propia familia. Tenía 27 años y por fin empecé a ser la misma persona de lunes a lunes.

La gran enseñanza de ese proceso fue una simple pregunta: ¿Por qué no haces lo que te gusta? En mi caso ha sido desarrollar una carrera buscando y contando historias para provocar nuevas historias. Ese ejercicio me ha dado una cantidad de experiencias y contactos que mantienen la calidad de mi trabajo y de mis relaciones, siempre creciendo, siempre ayudando a otras personas a descubrir su verdadera esencia.

Me encanta pasear (si es despacio y en silencio mejor). Me encantan las canciones de Clara.H., mi mujer. Me encanta quedar los sábados al sol, sobre todo desde que dejé de sobrevalorar los viernes por la noche. Me encanta terminar el día haciendo una lista de tareas para el siguiente, una lista que empiece por algo tan sencillo como hacer la cama, porque sé que los grandes cambios empiezan en lo cotidiano y que el compromiso con uno mismo se consigue con pasos sencillos. Me encanta escuchar a otras personas y ponerles un altavoz.

Me empeño a diario en que todo mi aprendizaje y toda mi consciencia sirvan de inspiración a los públicos a los que me dirijo (estudiantes, equipos de trabajo, mi comunidad We Are Seekers). Me esfuerzo también por ser un buen compañero de viaje para personas con grandes responsabilidades que necesiten abrir un espacio más humano en sus vidas, sea cual sea su objetivo. He comprobado que mi capacidad para hacer que la gente se haga preguntas ayuda a enfocar los pasos hacia cualquier propósito. He visto a grandes cargos sorprenderse ante mi propuesta de pausa, ante lo bien que les sienta deshacerse de sus armaduras. Yo mismo he vivido ese cambio en primera persona, aprendiendo a rehacer el camino, a triunfar con el fracaso, a darle al éxito su justo valor y pasar a la siguiente pantalla.

Cuando paras y te pones zancadillas, cuando te haces preguntas es cuando empiezan a pasar cosas. Yo no tengo ni idea de cuál es la fórmula del éxito o la felicidad. Pero sí lo que es la paz con uno mismo y lo que hay que hacer para conseguirla.

«Gracias por decir las cosas tal cual como son y por no tener miedo a poner en palabras lo que piensas, vives o crees»